Brujas Reales
 

 

 


Brujas Reales

No son como se las imagina

Aquí analizaremos todo lo que tiene que ver con las brujas reales y comenzaremos diciendo, que, no es cierto que fueran horrorosamente feas. Adquiera su Manual de Hechizos Vudú AQUÍ

Brujas Reales

Nos referiremos a Halloween, esa fiesta norteamericana sumamente infantil, en la cual se celebra en el día de Difuntos. Esta permite a los niños salir disfrazados por la calle a pedir unos centavos, y esta es una de las razones por las cuales se haya creado un tipo muy especial de bruja vieja, fea y desdentada, de nariz ganchuda, ropa negra hasta los pies y un sombrero alto y puntiagudo que vuela en escoba acompañada de un gato negro. Pero la realidad de las brujas reales es otra y no esa horrible imagen, que tiene como origen, en las mentes puritanas de quienes llegaron a la Nueva Inglaterra huyendo de una persecución que no era, ciertamente, tan rigurosa y cruel como la que esgrimieron más tarde en la matanza de los indios norteamericanos.
Aquellos puritanos trajeron con ellos supersticiones de la ciudad y entre ellas estaba el temor a las brujas, y a las cuales e les culpaba de todos los males del mundo. Y siendo tan puritanos, tan enemigos de la carne y de sus debilidades, insistieron en cubrir las desnudeces de las jóvenes sanas de cuerpo y mente que iban al bosque en las noches de luna a organizar festejos para honrar a la madre naturaleza.

Las causas del auge de la brujería fueron entre ellas, la pobreza, la rígida moralidad, el temor de la misma Iglesia a que triunfaran ciertas sectas herejes. La brujería practicada por brujas reales fue en gran medida a causa de la miseria del pueblo. Las diferencias sociales, las enfermedades, las supersticiones, el hambre espantosa, nadie podía remediarlas. Y el clero únicamente sabía pedir resignación y prometer una vida eterna dichosa. Pero antes de que llegase el momento de gozar de aquella felicidad eterna en el otro mundo era preciso sufrir largo tiempo en éste. Y mientras llegaba el momento de tomar posesión de lo prometido, había que sufrir hambre y calamidades.
¿No era entonces natural que la gente del campo volviese la mirada hacia los dioses de la antigüedad, más simpáticos, que daban buenos ratos sin exigir nada a cambio, y se sumergiesen completamente en los ritos paganos? ¿Temieron el clero y los poderosos que la rebelión de los humildes acabase por trastornar la situación y pusiese en peligro sus riquezas? Por otra parte: los ritos paganos contenían mayor erotismo que las relaciones domésticas. Eran considerablemente más agradables que las ceremonias severas y aburridas de la Iglesia y permitían dedicarse a los placeres de la carne sin inhibiciones de ningún género.

Por cada brujo hay miles de brujas

Las brujas se reunían al aire libre

Las mujeres, en especial las que debían sufrir una rígida obediencia al esposo que nada sabía de galanterías, eran las que con mayor afición acudían a las reuniones celebradas al aire libre, en un claro del bosque, bajo la noche estrellada. Es por esto que la conclusión del título es una afirmación razonable, que contiene mucho de verdad. El mismo Michelet decía en 1862 que las brujas reales resultaron de la profunda desesperación que la actitud siempre intransigente de la Iglesia provocó entre la gente.
Los psicólogos afirman, a este respecto, que las mujeres presentan cierta tendencia a dejarse impresionar por lo fantástico y lo sobrenatural y que es lógico que la brujería llegase a convertirse en un fenómeno netamente femenino. Es por eso que en realidad, el intento de liberación femenina, muy anterior a los que se iniciaron a comienzos del presente siglo y al famoso sufragio femenino, fue algo más que dirigirse al lugar donde se hallaría placer en condiciones que rayaban en lo milagroso.
El fruto prohibido ha atraído desde siempre al ser humano y en especial a la primera mujer. ¿Qué hubiera sucedido de haberse abstenido las autoridades de aquellos tiempos de acusar a nadie de asistir montada en su escoba a la reunión nocturna y reconocer que eran brujas reales? ¿Qué hubiera sucedido de haber atendido los maridos con galantería y halagos a las mujeres, para no darles oportunidad de sentirse insatisfechas o burladas? Tal vez lo mismo que en tiempos del rey Luís XIV de Francia, cuando desapareció la brujería de manera radical, pero esto para dar paso a otro tipo de brujería. Este por un impulso de verdad inteligente, decidió un día legalizar la práctica hechicera. Si las mujeres deseaban ser brujas reales, allá ellas. Y allá el esposo que se lo permitía.

 

Cómo reconocer a las brujas reales

Cómo lo demostraban antiguamente

Brujas RealesEn el siglo XV, cuando reinaba en Inglaterra Jacobo I Estuardo, el pastor evangelista John Bell daba una receta infalible para saber si una mujer era bruja: al ser detenida gritaría al instante Kyrie Eleison y soltaría a continuación tres lágrimas, pero sólo del ojo izquierdo. El tribunal que juzgaba en Francia a las acusadas de practicar la brujería decía, en cambio, que las brujas reales no pueden llorar y que los maleficios vienen siempre del lado izquierdo.
Por supuesto, nadie puede afirmar que las brujas fueran o no capaces de derramar lágrimas, pero sí que los ungüentos por ellas utilizados para frotar el cuerpo en su parte izquierda -solamente podían hacerlo con la mano derecha- y en el cuello terminaban por producir una inflamación de los nervios del ojo izquierdo y la dilatación de la pupila.
La mano derecha ha sido siempre la del Bien, la que bendice, la utilizada para ahuyentar o exorcizar al diablo. Por esta razón, resulta curioso que las brujas reales echaran mano de ella para untar el cuerpo con aquella horrible mezcla. La izquierda era la mano del demonio, utilizada por los hechiceros en sus ritos.
Uno de los cazadores de brujas más conocido en Europa fue el inglés Matthew Hopkins, a quien daban el sobrenombre de Witch Finder, o localizador de brujas. Este sujeto cobraba 25 chelines por cada víctima que cazaba, tal cual fuese un animal, lo que le permitió amasar una fortuna y convertirse en un hombre respetable. En el solo condado de Essex logró colgar a sesenta brujas reales en un año, además de echar a un pantano a todas las mujeres que presentaban las sigilla diaboli, o señales del diablo. Todas se ahogaron, lo que demostró su culpabilidad.

Era preciso encontrar la marca del diablo

Muchas mujeres abusadas

Por lo que podemos saber, no se sabe a quién se le ocurrió idear este recurso sencillo para saber si una mujer era bruja, pero seguro que debió ser alguien deseoso de ver jóvenes desnudas -y tocarlas, si era posible- sin que nadie se sintiera horrorizado. Cuando llegaba el caso de buscar la marca del diablo en el cuerpo de una acusada, sucedían cosas extraordinarias. Los jueces estaban seguros de que, si Satanás o cualquiera de sus secuaces tuvieron relaciones carnales con una mujer, este dejaba la huella en su cuerpo, que solía traducirse en un lunar, una pequeña verruga o una marca sin aparente importancia.
Era lo más común que se tomara como marca diabólica cualquier señal, para distinguir a las brujas reales, aunque fuese de nacimiento. Y como la marca se ocultaba bajo la ropa, era preciso quitar ésta, con gran satisfacción de los jueces, que se inclinaban sobre el cuerpo desnudo. Si no encontraban nada, mandaban afeitarlo todo y hurgaban con los dedos en los lugares más recónditos de la anatomía femenina, excitados ante la carne fresca y apetecible, muy ajenos a veces sobre la verdadera razón de su presencia en la cámara de tortura.

Mala cosa era cuando no aparecían marcas diabólicas. En tales casos era preciso emprender la búsqueda de otras invisibles, como podían ser las zonas insensibles al dolor. Para ello, vendaba el verdugo los ojos a la acusada, para que no viese por dónde iba a llegar la aguja, y penetraba ésta cuantas veces hiciera falta, hasta que en cierto momento dejase de gritar de dolor. Aquel punto que parecía no provocar alaridos debía ser el que se buscaba.
Por supuesto que la sesión podía durar todo el tiempo que fuese necesario para que los jueces pasaran un largo rato gozando con el espectáculo de la joven sufriendo. A veces, estas sesiones resultaban tan dramáticas que llegaban a oídos de un cronista. Y fue así como ha quedado inmortalizado, entre otros muchos, el interrogatorio practicado en 1652, en la ciudad de Ginebra, a la joven campesina llamada Michelle Chaudron.
Introdujeron largas agujas en su cuerpo y en cada ocasión surgió con fuerza la sangre. La joven no dejaba de aullar. La conclusión fue, que sería bueno torturarla para obtener su confesión. Cuando terminó el verdugo con la tarea -realizada, por supuesto, en presencia de los jueces y sin haber cubierto con sus ropas a la acusada-, se regresó a las marcas diabólicas. Esta vez se clavó la aguja en una mancha azulada del muslo. Esta vez no gritó Michelle. Quedaba probado que era una de las tantas brujas reales. La estranguló el verdugo ya continuación hicieron los presentes una hoguera y quemaron en ella el cuerpo de la bruja.

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